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Ver el sonido, escuchar el color: los creadores que borran la línea entre sentidos

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Ver el sonido, escuchar el color: los creadores que borran la línea entre sentidos

Existe una pregunta que lleva rondando los talleres y los estudios de grabación desde hace siglos: ¿y si el arte no tuviera que elegir entre sentidos? No como metáfora bonita, sino como práctica real, como método de trabajo, como forma de entender el mundo. En la España de hoy, un grupo creciente de creadoras y creadores está respondiendo a esa pregunta con obras que desafían la percepción y que hacen de la sinestesia —esa confusión hermosa entre sentidos— su lenguaje más honesto.

El cerebro que mezcla sin permiso

La sinestesia, en términos clínicos, es una condición neurológica en la que la estimulación de un sentido activa automáticamente otro. Quien la experimenta puede ver colores cuando escucha música, asociar sabores con palabras o sentir formas cuando toca una superficie. Se estima que afecta a entre el 3 y el 4 por ciento de la población, aunque muchos investigadores creen que la cifra real es mayor porque mucha gente simplemente no sabe que lo que experimenta tiene nombre.

Pero más allá de la neurología, lo que interesa aquí es cómo algunos artistas —tengan o no el diagnóstico— han adoptado la lógica sinestésica como punto de partida creativo. No se trata de imitar una condición, sino de preguntarse qué ocurre cuando decides que el sonido puede tener forma y el color puede tener ritmo.

Pinturas que vibran: el caso de Lucía Moreno

Lucía Moreno trabaja en un estudio en el Raval barcelonés que huele a óleo y a café frío. Sobre las paredes cuelgan lienzos grandes, muy grandes, donde masas de color se organizan según una lógica que a primera vista parece caótica pero que esconde una arquitectura precisa. Ella lo llama "traducción sensorial".

"Cuando escucho una pieza de música electrónica, no pienso en los colores como decoración", explica. "Los colores son la música. El bajo es ese azul oscuro que aplasto con espátula. Los agudos son esas líneas finas amarillas que casi no se ven pero que están ahí, tensando todo."

Su serie Frecuencias, presentada en 2023 en una galería de Gràcia, fue acompañada por una instalación sonora diseñada por el productor Óscar Vallés. Los visitantes podían escuchar mientras miraban, pero también podían taparse los oídos y dejar que el lienzo les contara la música a su manera. El resultado era perturbador en el mejor sentido: la obra funcionaba en ambos modos, y en ninguno de los dos decía exactamente lo mismo.

La escena madrileña y el arte de la instalación multisensorial

En Madrid, el fenómeno tiene otra textura. El colectivo Cuerpo Eléctrico, formado por tres artistas visuales y dos músicos electrónicos, lleva dos años desarrollando instalaciones en las que el espectador no puede separar lo que ve de lo que escucha porque técnicamente son la misma cosa. Utilizan software de síntesis audiovisual que genera imágenes en tiempo real a partir de datos de audio, y viceversa: los movimientos del público dentro del espacio modifican la música.

"No queremos que la gente 'consuma' arte", dice Marta, una de las fundadoras del colectivo. "Queremos que lo habite. Que su cuerpo sea parte del circuito."

Esta idea del cuerpo como interfaz es central en su trabajo y conecta con una tradición más amplia que incluye a Kandinsky —quien teorizó profusamente sobre la correspondencia entre colores y sonidos— pero también con el Fluxus, con Nam June Paik y, más cerca en el tiempo, con artistas como Ryoji Ikeda o James Turrell.

La herencia española: del flamenco al glitch

Hay algo particularmente interesante en la forma en que esta tendencia resuena dentro del contexto cultural español. El flamenco, por ejemplo, es quizás la expresión artística más sinestésica de la tradición ibérica: en él, el sonido de la guitarra, el golpe del zapateado, el giro del cuerpo y la expresión del rostro son inseparables. No es que se complementen; es que son una sola cosa.

Artistas como el sevillano Jorge Pradas están llevando esa lógica a territorios inesperados. Su proyecto Duende Digital fusiona grabaciones de cante jondo con visualizaciones generativas que responden al espectro de frecuencias de la voz. El resultado no es un videoclip ni una ilustración musical: es algo que todavía no tiene nombre del todo, y eso es precisamente lo que lo hace interesante.

"El duende del que hablaba Lorca no era una metáfora", dice Pradas. "Era una experiencia física, una vibración que te recorre. Yo solo intento hacerla visible."

Arte total: la promesa que nunca termina de cumplirse

Wagner habló del Gesamtkunstwerk, la obra de arte total que unificaría todas las artes en una experiencia única e indivisible. La idea lleva más de un siglo seduciéndonos y escapándosenos de las manos. Quizás porque la totalidad es imposible, o quizás porque la búsqueda misma es más fértil que el destino.

Lo que está ocurriendo en los estudios y espacios alternativos de Barcelona, Madrid, Sevilla o Valencia no es la realización de esa promesa wagneriana, pero sí una conversación muy viva con ella. Una conversación en la que los sentidos no son compartimentos estancos sino vasos comunicantes, en la que el arte no se dirige a un órgano específico del cuerpo sino al sistema nervioso entero.

Y en esa conversación, quizás, está una de las apuestas más genuinamente radicales del arte contemporáneo español: la de crear obras que no se puedan explicar del todo, que escapen a la descripción, que solo se entiendan desde dentro.

Como la madriguera: un espacio que hay que habitar para conocer.

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