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Soñar despierto con los ojos abiertos: el nuevo surrealismo que sacude el arte español

La Madriguera de Violet

Hay algo que Dalí dejó flotando en el aire de este país, una especie de permiso colectivo para mirar el mundo con los ojos torcidos. Pero el surrealismo que hoy emerge desde los talleres, las galerías emergentes y los espacios alternativos de Madrid, Barcelona o Sevilla no es el de los bigotes retorcidos ni los relojes blandos. Es algo más nervioso, más urgente, más consciente de que vivimos en una realidad que ya de por sí parece diseñada por alguien con fiebre.

Los artistas españoles de la nueva hornada surrealista no escapan de la realidad: la atraviesan, la diseccionan y la devuelven transformada. Y en ese proceso, construyen refugios visuales donde lo extraño se convierte en hogar.

La herencia que nadie pidió y todos llevan encima

Hablar de surrealismo en España implica siempre negociar con un peso histórico enorme. Dalí, Miró, Remedios Varo —aunque esta última vivió su obra más poderosa en México—: el canon es tan brillante que puede resultar paralizante. Sin embargo, los creadores contemporáneos han encontrado una salida elegante: no ignoran esa herencia, pero tampoco se arrodillan ante ella.

La pintora valenciana Nora Sellés, cuya obra ha circulado por ferias como ARCO y espacios independientes de Valencia, describe su relación con el surrealismo clásico como «una conversación con un familiar que ya no está». Sus lienzos mezclan arquitecturas domésticas imposibles con cuerpos fragmentados que parecen buscar algo que perdieron hace mucho tiempo. «No me interesa el sueño como evasión», explica. «Me interesa el sueño como diagnóstico. Lo que sueñas dice más de tu época que cualquier periódico».

Esa idea, la del inconsciente como archivo histórico, aparece una y otra vez cuando se habla con estos creadores.

Instalaciones que te hacen dudar de dónde estás parado

Si la pintura es el lenguaje más íntimo del nuevo surrealismo español, las instalaciones son su voz más alta. En los últimos años han proliferado propuestas que literalmente alteran la percepción del espacio, haciendo que el espectador pierda pie y se pregunte si lo que está viviendo es real o pertenece a algún pliegue extraño de su propia mente.

El colectivo barcelonés Mente Bruta —formado por tres artistas que prefieren no revelar sus nombres individuales como declaración estética— lleva desde 2019 construyendo espacios que definen como «trampas afectivas». Su instalación más comentada, presentada en una nave industrial del Poblenou, consistía en una habitación completamente blanca donde los visitantes escuchaban conversaciones fragmentadas que reconocían como propias sin haberlas tenido jamás. «Queríamos explorar la memoria falsa como mecanismo de supervivencia», escribieron en el texto que acompañaba la pieza. «El surrealismo no inventa: recuerda lo que nunca ocurrió».

El resultado era inquietante y hermoso a partes iguales. Varias personas salieron llorando. Otras salieron riendo. Nadie salió indiferente.

Lo político disfrazado de pesadilla

Uno de los rasgos más definitorios del surrealismo español actual es su compromiso explícito con la crítica social. Lejos de la imagen del artista encerrado en su mundo interior, muchos de estos creadores utilizan el lenguaje onírico precisamente porque les permite decir cosas que el realismo no puede sostener sin romperse.

El madrileño Tomás Vega trabaja con medios mixtos: fotografía intervenida, texto manuscrito y elementos encontrados que ensambla en piezas que parecen pruebas de algún crimen que aún no ha ocurrido. Sus últimas series abordan la precariedad laboral y la crisis de vivienda en España, pero a través de imágenes que pertenecen al registro del sueño: pisos que flotan sobre nubes, contratos de arrendamiento que se disuelven como azúcar en agua, familias que habitan casas construidas con papeles de solicitud de hipoteca.

«El realismo documental ya lo hacen los fotorreporteros, y lo hacen mejor que yo», dice Vega con una honestidad desarmante. «Yo intento capturar cómo se siente por dentro vivir esto. Y eso solo se puede hacer desde otro sitio, desde un lugar que no tiene dirección postal».

Esa idea de un «lugar sin dirección postal» es quizás la definición más precisa del surrealismo contemporáneo español: un refugio que no está en ningún mapa pero que todos reconocemos en cuanto entramos.

El cuerpo como territorio surreal

Otra corriente poderosa dentro de este movimiento emergente es la que toma el cuerpo humano como campo de experimentación. La artista sevillana Carmen Luque lleva años explorando lo que ella llama «la anatomía de lo imposible»: cuerpos que contienen paisajes, órganos que funcionan como relojes, piel que se convierte en texto.

Sus pinturas, de gran formato y técnica meticulosa, tienen algo hipnótico que hace difícil mirarlas sin sentir que algo dentro de uno se reorganiza. «El cuerpo es el primer territorio que habitamos y el último que entendemos», reflexiona Luque. «Para mí, pintarlo de manera surreal es la única forma honesta de pintarlo. Porque nadie sabe realmente qué es un cuerpo. Solo sabe cómo duele».

Esta dimensión corporal conecta el nuevo surrealismo español con debates contemporáneos sobre identidad, género y pertenencia que dan a estas obras una urgencia que va mucho más allá de lo meramente estético.

Una escena que late en los márgenes

Lo más interesante de todo esto es que gran parte de esta actividad ocurre fuera de los circuitos institucionales. Las galerías comerciales de primera línea tardan siempre en reconocer lo que está pasando en los bordes, y el nuevo surrealismo español vive cómodamente en esos bordes: espacios ocupados temporalmente, fanzines de tirada limitada, exposiciones en bares con paredes pintadas a mano, residencias artísticas en pueblos del interior que nadie sabía que existían.

Esa marginalidad no es una limitación: es parte del lenguaje. Un arte que habla de los sueños tiene sentido que florezca en los lugares donde la realidad oficial no llega.

Y quizás eso sea lo más surrealista de todo: que el refugio más extraño y más verdadero que ofrece el arte español de hoy no está en ningún museo. Está en una nave a punto de ser derribada, en una pantalla pequeña a las tres de la madrugada, en el momento exacto en que algo que no debería tener sentido de repente lo tiene todo.

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