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La música como refugio: cuando una canción te devuelve a ti mismo

La Madriguera de Violet
La música como refugio: cuando una canción te devuelve a ti mismo

Photo: person emotional healing music concert intimate Spain, via c8.alamy.com

Existe un momento que muchos describen de manera casi idéntica aunque no se conozcan entre sí. Es el momento en que una canción —a veces una que ya habías escuchado cien veces, a veces una completamente nueva— hace algo que nada más había conseguido hacer: te hace sentir que no estás solo en lo que estás viviendo. Que alguien, en algún lugar y en algún tiempo, también lo sintió. Y lo convirtió en música para que tú lo encontraras cuando más lo necesitaras.

En La Madriguera de Violet llevamos tiempo queriendo hablar de esto. No de la música como producto, ni como industria, ni como tendencia. Sino de la música como madriguera: ese espacio interior donde uno se mete cuando el mundo de fuera pesa demasiado.

El silencio antes de la primera nota

Ana tiene 34 años, vive en Zaragoza y lleva tocando el piano desde los siete. Pero hubo un período de casi tres años, entre los veintiséis y los veintinueve, en que no tocó nada. «No podía», dice con una calma que parece costosamente aprendida. «Pasé por una depresión bastante seria y la música, que siempre había sido mi refugio, de repente me resultaba insoportable. Como si me recordara todo lo que había perdido».

Esa paradoja —la música como herida antes de ser cura— aparece en más testimonios de los que uno esperaría. La relación entre el bienestar emocional y la experiencia musical no es lineal ni sencilla. A veces hay que atravesar el silencio para llegar al sonido.

El regreso de Ana al piano no fue dramático ni cinematográfico. Fue una tarde de domingo en que puso las manos sobre las teclas sin intención de tocar nada en concreto. «Empecé a improvisar. Cosas sin forma, sin estructura. Y me di cuenta de que estaba llorando pero que estaba bien. Que era el primer llanto que se sentía limpio en mucho tiempo».

Hoy Ana da clases de piano a niños y adolescentes y dedica parte de su tiempo a trabajar con personas mayores en un programa de musicoterapia. «Lo que aprendí en ese silencio», reflexiona, «fue que la música no me debía nada. Que era yo quien tenía que volver a ella».

Cuando el escenario es el único lugar donde uno se reconoce

Pablo tiene 41 años y es guitarrista en una banda de rock indie de Bilbao que lleva quince años tocando en salas medianas, festivales pequeños y locales de ensayo que huelen a humedad y a ilusión. No es famoso. No vive de la música. Trabaja de administrativo de lunes a viernes y los fines de semana toca.

«Hubo una época en que pensé que tenía que elegir», cuenta. «Que era ridículo seguir con la banda a mi edad, que debía ser más serio. Dejé de tocar durante ocho meses y fue el período más gris de mi vida. No es que estuviera triste, es que no estaba nada. Como en blanco».

Lo que describe Pablo —esa ausencia de color emocional que no siempre se llama depresión pero que la roza— es algo que los psicólogos reconocen como anhedonia: la incapacidad de sentir placer o interés. Y la música, para muchas personas, funciona como uno de los pocos puentes que atraviesan esa niebla.

«Cuando volví a coger la guitarra fue como si me devolvieran un trozo de mí mismo que no sabía que me faltaba. No el músico. El tipo que soy cuando toco. Que es distinto del que soy en el trabajo o en casa. Y que también soy yo».

La audiencia también sana

No hace falta tocar un instrumento para vivir la música como experiencia transformadora. Marta, 28 años, estudiante de posgrado en Salamanca, lo descubrió en un concierto de Rosalía al que fue «casi por compromiso» después de una ruptura que la había dejado, según sus palabras, «vaciada».

«No esperaba nada. Fui porque mi amiga tenía una entrada de más. Y en un momento del concierto, no sé exactamente en qué canción, sentí algo que no había sentido en meses: que mi cuerpo era mío. Que estaba en él. Que latía».

Esa experiencia de reconexión corporal a través de la música en directo tiene una explicación neurológica —el ritmo sincroniza literalmente los latidos y la respiración de las personas en un mismo espacio—, pero Marta no necesita la ciencia para saber lo que vivió. «Salí del concierto llorando y bailando al mismo tiempo. Y supe que iba a estar bien».

Músicos que componen desde la herida

Alguna de las obras más poderosas del panorama musical español reciente ha nacido de procesos de crisis personal. Artistas como Valeria Castro, cuyas canciones navegan entre la melancolía y la esperanza con una honestidad que desarma, o Depedro, que ha hablado abiertamente sobre cómo la música lo ayudó a procesar pérdidas importantes, representan una tendencia creciente: la del artista que no esconde su vulnerabilidad sino que la convierte en materia prima.

Esto tiene un efecto doble y hermoso: sana a quien compone y sana a quien escucha. La música se convierte en un espacio de comunidad emocional, un lugar donde decir «yo también» sin necesidad de hablar.

«Cuando escribo una canción sobre algo que me duele», explica una cantautora madrileña que prefiere el anonimato, «no lo hago para librarme del dolor. Lo hago para entenderlo. Y cuando alguien me dice que esa canción le ayudó, lo que en realidad me está diciendo es que no estábamos tan solos ninguno de los dos».

La madriguera que siempre está abierta

Lo que tienen en común todos estos testimonios no es el género musical, ni la edad, ni las circunstancias. Lo que comparten es la experiencia de haber encontrado en la música un espacio que no juzga, que no exige explicaciones y que no cierra cuando más lo necesitas.

En un mundo que a veces parece diseñado para no darte tiempo de sentir nada, la música sigue siendo ese hueco en la pared donde uno se mete y respira. Una madriguera que no ocupa espacio físico pero que es, para muchas personas, el lugar más real que conocen.

Y quizás eso sea suficiente. Quizás eso sea todo.

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