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Bajo tierra y a todo volumen: las madrigueras sonoras donde nace la música que no pide permiso

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Bajo tierra y a todo volumen: las madrigueras sonoras donde nace la música que no pide permiso

No están en Google Maps. No tienen página de Instagram con miles de seguidores. No necesitan validación externa porque se han construido como respuesta a un sistema que no los habría validado de todas formas. Los espacios underground donde germina la contracultura musical española son, en el sentido más literal y más poético de la palabra, madrigueras: refugios cavados con las manos, habitados por quienes prefieren crear en los márgenes antes que sobrevivir en el centro.

Este reportaje es un intento de mapa. Sabemos de antemano que será incompleto.

La geografía de lo invisible

Hablar de underground musical en España en 2024 requiere primero desmontar algunos clichés. No estamos hablando únicamente de salas pequeñas con poca iluminación y cerveza cara. Estamos hablando de una red de espacios heterogéneos —garajes convertidos en estudios, bajos comerciales reconvertidos, naves industriales en polígonos periféricos, pisos compartidos donde el salón es también el escenario— que funcionan como laboratorios sonoros fuera del radar de la industria convencional.

La geografía importa. Mientras que Madrid y Barcelona concentran la mayor densidad de estos espacios, hay focos igualmente vibrantes en ciudades como Bilbao, Valencia, Zaragoza, Málaga o Murcia, donde la menor presión del mercado inmobiliario ha permitido que proyectos colectivos sobrevivan durante años sin necesidad de generar beneficios que justifiquen su existencia.

El Búnker, Valencia: laboratorio de ruido y comunidad

En un polígono industrial del extrarradio valenciano, dentro de una nave que en otra vida fue taller de carpintería, funciona desde 2019 lo que sus fundadores llaman simplemente "El Búnker". No hay cartel en la puerta. La dirección circula por grupos de Telegram y de boca en boca.

Dentro, hay tres salas de ensayo, un pequeño estudio de grabación construido con materiales reciclados y un espacio de actuaciones con capacidad para unas ochenta personas sentadas en el suelo. Los géneros que allí se practican van del noise más abrasivo al ambient más contemplativo, pasando por el jazz libre, la música concreta y experimentos electroacústicos que desafían cualquier etiqueta.

"La clave es que aquí nadie viene a 'triunfar'", explica Raúl, uno de los fundadores. "Vienen a hacer lo que necesitan hacer musicalmente. Eso crea una energía muy diferente a la de cualquier sala comercial."

El modelo económico es cooperativo: quienes usan el espacio regularmente contribuyen a los gastos según sus posibilidades. No hay propietario que extraiga beneficio. No hay promotor que decida qué suena y qué no.

Madrid, entre sótanos y azoteas

En la capital, la escena underground tiene una topografía más vertical. Literalmente. Algunos de los espacios más interesantes están en sótanos —herencia de la movida y sus locales de ensayo— pero también en azoteas, en bajos de edificios residenciales que operan en una zona gris legal permanente y en locales de barrios como Lavapiés, Carabanchel o Vallecas que han resistido la gentrificación precisamente porque nunca intentaron ser atractivos para el turismo cultural.

El colectivo Materia Oscura lleva cuatro años organizando sesiones mensuales en distintas ubicaciones que se anuncian con menos de 24 horas de antelación. Su propuesta mezcla música electrónica experimental, performance y artes visuales en formatos que duran a veces hasta el amanecer. La rotación de espacios no es solo una estrategia de seguridad: es también una declaración estética sobre la provisionalidad y la resistencia a la institucionalización.

"En el momento en que tienes una dirección fija y un nombre en una puerta, empiezas a tomar decisiones en función de mantener eso", reflexiona Isa, una de las organizadoras. "Nosotras preferimos ser agua."

El factor comunidad: más que música

Lo que más llama la atención cuando uno pasa tiempo en estos espacios no es la música en sí —aunque suele ser extraordinaria— sino la densidad de las relaciones humanas que los sostienen. Estas madrigueras son también redes de apoyo mutuo, espacios de formación informal, comunidades de cuidado que funcionan con una lógica radicalmente diferente a la del sector cultural profesionalizado.

En Bilbao, el espacio Katakumba —nombre que no necesita traducción— organiza desde hace seis años talleres gratuitos de producción musical, sesiones de escucha colectiva y ciclos de debate sobre economía de la cultura. La música es el centro, pero el proyecto es más amplio: es una apuesta por construir infraestructura cultural autónoma en un momento en que los recortes en cultura pública y la precariedad del sector hacen cada vez más difícil sostener proyectos creativos sin depender del mercado.

La tensión con la visibilidad

Hay una paradoja en el corazón de todos estos proyectos: cuanto más interesantes son, más riesgo corren de ser descubiertos, celebrados y eventualmente domesticados por el sistema cultural mainstream que inicialmente rechazaron. La historia del underground musical está llena de este tipo de absorción: lo que hoy es contracultural, mañana puede ser el cartel de un festival patrocinado por una marca de refrescos.

Los espacios más conscientes de este riesgo han desarrollado estrategias activas de resistencia a la visibilidad. Rechazan coberturas mediáticas, limitan el acceso a personas que no vienen recomendadas por alguien de confianza, evitan las redes sociales o las usan de forma minimalista. No es elitismo: es autoprotección.

"No queremos ser descubiertos", dice con una sonrisa Raúl desde su nave valenciana. "Queremos seguir existiendo."

Y mientras existan, seguirán siendo lo que más necesita cualquier escena musical viva: un lugar donde el sonido puede fracasar, experimentar, equivocarse y volver a intentarlo sin que nadie lleve la cuenta.

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